“No es comunismo trabajar para que todos los individuos sean tratados igual en esta sociedad”

La cooperación internacional que Suecia brinda al país se canaliza por medio de la agencia Diakonia, cuyo Secretario General estuvo aquí en abril. En esta charla, Bo Forsberg hace referencia al trabajo que desarrolla y responde a quienes critican la presencia de este tipo de entidades en Guatemala.

¿Por qué surge Diakonia?

– Diakonia es la agencia de desarrollo de Suecia. Trabajamos en proyectos de cooperación que tengan como objetivo promover la democracia, los derechos humanos, la justicia económica y la equidad de género. Son cuatro aspectos que dependen unos de otros. Hablar de equidad de género sin justicia económica o sin que se respeten los derechos humanos no tiene sentido. Estamos en 35 países del mundo, incluyendo a Honduras y Nicaragua en esta región.

Entiendo que están por cumplir 50 años de existencia.

– Así es. Eso ocurrirá el año próximo. Durante todo este tiempo, Latinoamérica ha sido una de nuestras más importantes áreas de trabajo. En los años ochenta, esta región fue fundamental. Estábamos también en Asia, África y Medio Oriente, pero la mayoría de nuestros recursos se destinaron a esta parte del mundo, siempre con el enfoque de promover los derechos humanos.

¿De qué manera cooperan con Guatemala?

– Nuestro trabajo se enfoca, sobre todo, en cuestiones de género y derechos de la mujer, con particular hincapié en las etnias indígenas. Contamos con 18 organizaciones-contraparte que desarrollan distintos proyectos.

Sin embargo, la presencia aquí data de más de 30 años atrás. ¿Qué evaluación se hace del trabajo hecho durante todo este tiempo?

– Recuerdo mi primera visita a este país. No estoy seguro si fue en 1985 o 1986, pero recién conversé de ese viaje con algunas de nuestras contrapartes. Les comentaba que, a pesar de que tenemos que enfrentar enormes dificultades y solventar grandes retos, la situación no es la misma que la de aquella época. Las diferencias son enormes. Hoy me puedo reunir con todos y en plena libertad. En esa ocasión, las citas fueron secretas, sencillamente porque los tópicos de discusión eran democracia y derechos humanos. Se ha avanzado.

Durante esta visita se reunió con sobrevivientes de una masacre de esa época.

– Sí. Fuimos a varias aldeas de Nebaj, en Quiché. Escuchamos testimonios y recordamos lo difícil que era la situación de Guatemala. Fue impresionante oír los relatos de sobrevivientes ixiles, sobre todo porque se trató de narraciones muy personales. Lo que vivieron es inconcebible. Todos llorábamos, sentados en círculo, compartiendo cómo habían perdido a sus cónyuges, a sus hijos, a su familia y también sus pertenencias. Mujeres que contaron con detalle cómo grupos de soldados las condujeron a lugares cercanos de donde estábamos reunidos para violarlas. Yo me preguntaba: ¿Cuán crueles podemos ser los seres humanos? ¿Cómo pudimos permitir que eso haya pasado? Este es un país de una belleza impresionante. Es un gran país. Su gente es cálida, acogedora y maravillosa. Pero estas historias pintan un lado muy oscuro.

¿La entidad que usted preside contribuye con estos grupos de sobrevivientes?

– Sí, por medio del financiamiento que les damos a nuestras contrapartes. En este caso específico, hacemos referencia al trabajo del Centro para la Acción Legal de Derechos Humanos y la Asociación para la Justicia y la Reconciliación.

¿Cómo cooperó Diakonia en Guatemala en los años ochenta?

– Trabajamos con las poblaciones refugiadas en México. El enfoque elegido, y no tengo reparo en admitirlo, fue muy inteligente. Nos enfocamos en prepararlos para el día en que regresaran a su país y se reinsertaran a la sociedad. Para ello quisimos desarrollar sus capacidades en todo sentido. Así, cuando comenzó a hablarse de negociaciones de paz, estaban listos para participar en las discusiones involucradas con el establecimiento de las entidades democráticas. Por ello afirmo hoy que Diakonia contribuyó con el proceso que llevó a Guatemala a dejar atrás los años de guerra. No hay que olvidar que uno de los Acuerdos de Paz se firmó en Oslo y el otro en Estocolmo. Yo estuve invitado a la ceremonia efectuada en la capital sueca y se mencionó esta cooperación.

Tres décadas después, ¿cuáles son los principales retos que enfrenta Guatemala en los que la cooperación de Diakonia puede, a su juicio, ser útil?

– En esta visita nos hemos reunido con el Procurador de los Derechos Humanos, con la Fiscal General, con las contrapartes y con quienes se han beneficiado de los proyectos. Creo que uno de los principales retos que enfrenta este país es combatir la corrupción.

¿Se violan los derechos humanos si existe corrupción?

– Por supuesto. La corrupción es una enfermedad que infecta todas las áreas. Cuando pueden comprarse testimonios de testigos o resoluciones judiciales, el sistema entero deja de funcionar, porque todo está conectado. Una práctica corrupta en aduanas afecta la vida de una mujer indígena en el área rural. Preocupa cuando la ciudadanía pierde la confianza en sus funcionarios. Estamos hablando de las personas a las que se les encomienda construir y desarrollar un Estado. Si lo que hacen es sustraer recursos, ¿cómo creer que puedan hacer algo por el país? Es imposible. Le repito: este es un país maravilloso. Un paraíso en algún sentido. Pero hay que acabar con la violencia y combatir con más ahínco a la corrupción. Para ello es fundamental fortalecer a la justicia

Ciertos sectores locales cuestionan a la cooperación internacional y el trabajo de entidades como Diakonia. ¿Qué responde a estos críticos?

– Estamos conscientes de todas las críticas y acusaciones. Para responderle le contaré una historia. Harold Caballeros, cuando era ministro de Relaciones Exteriores, estaba de visita en Estocolmo y pidió que nos reuniéramos en la Embajada de Guatemala en Suecia. La razón de esta cita, verbalizada en términos muy amables, era protestar por el apoyo que dábamos a nuestras contrapartes guatemaltecas, porque, según argumentó, estaban involucradas en cuestiones políticas. Posterior a ello, me presentó una alternativa.

¿De qué se trataba?

– El entonces Canciller me dijo: “Tenemos un problema con la pobreza en Guatemala, y lo reconocemos. Si ustedes desean hacer algo para aliviarlo, podemos darles un área específica en la que puedan construir escuelas, centros de salud y todo lo demás”.

¿Cuál fue su respuesta?

– Le dije al Ministro en palabras muy claras que la solución para Guatemala no consistía en que el dinero de los contribuyentes suecos se utilizara para construir escuelas y centros de salud, y que, siendo él un funcionario con capacidad de tomar decisiones, instara al gobierno a impulsar acciones concretas.

¿Acciones como cuáles?

– Asegurarse de que los salarios de los empleados de las minas fueran decentes y adecuados para enviar a sus hijos a escuelas o centros de salud. Eso es lo que la gente quiere: ser recompensada por el trabajo que hace. Y que las empresas mineras paguen los impuestos y las regalías que les corresponden. Muy poco de lo que ellos explotan se queda en Guatemala. Él me contestó que yo tenía razón, pero que la concesión a las mineras había sido otorgada por gobiernos corruptos previos y que no podía hacerse nada más.

¿Qué pasó después?

– No tuvimos tiempo de finalizar nuestras conversaciones. Él me invitó a dialogar la siguiente vez que yo estuviera en Guatemala, pero cuando eso ocurrió, Caballeros ya no era el canciller.

Usted habla del dinero de los contribuyentes suecos. ¿Cómo se financia Diakonia?

– El 80 por ciento de nuestro presupuesto lo otorga el Gobierno. El resto son contribuciones voluntarias de parte de familias, grupos e iglesias.

¿Con qué criterio eligen a las contrapartes y qué tipo de proyectos apoyar?

– Lo principal es que compartan los valores de nuestra organización: el respeto a los derechos humanos y trabajar por la democracia. Somos una entidad profesional, especializada en el desarrollo, con bases cristianas sólidas. Y la principal es nuestra convicción de que todos los seres humanos fueron creados iguales. Eso es fácil de decir, pero en el terreno, difícil de encontrar. En la mayoría de países hay racismo y exclusión. Pero todos tenemos derecho de ser miembros integrales de una sociedad. Por esto último, algunos en Guatemala nos llaman comunistas. Nada más alejado de la realidad. No es comunismo trabajar para que todos los individuos sean tratados igual en esta sociedad.

Habla de racismo. ¿Cómo evalúa la situación de Guatemala en ese sentido?

– No manejo datos concretos. Pero de mi experiencia puedo sacar algunas conclusiones. En las conversaciones que he sostenido, muchas personas me cuentan relatos de exclusión. Esto nos preocupa. Por ello trabajamos en desarrollar las capacidades de quienes son objeto de racismo, para que puedan demandar los derechos que tienen como seres humanos. Hacia ahí enfocamos parte de nuestro trabajo.

Usted ha dicho que la política exterior de cualquier país precisa tener como eje a los derechos humanos. ¿Cómo lograrlo?

– En Suecia, tanto este gobierno social demócrata, como el anterior, que era conservador, han afirmado que la política exterior en todo aspecto, y no solo el que involucra contribuir con el desarrollo en otros países, debe tener como eje a los derechos humanos. Pero esto es un reto también para mi país. Es lindo pronunciar las palabras, pero estas no valen nada si no se llevan a la práctica.

¿Y cómo llevarlo a la práctica?

– El mes pasado Suecia fue testigo de un profundo debate. El país exporta armas a Arabia Saudí, régimen reconocido por ser uno de los principales violadores de los derechos humanos de las mujeres, hasta el punto que están completamente excluidas de la sociedad. No se les deja ni siquiera conducir vehículo. Como el contrato estaba por vencer, la sociedad civil formó un frente común para solicitarle al Gobierno no renovarlo.

¿Esa no es una decisión entre privados?

– No, porque las armas se venden de gobierno a gobierno. Por ello era legítimo cuestionar la transacción. ¿Cómo justificar darle armamento a un régimen que oprime a las mujeres? El debate fue encendido. No se involucró solo a Diakonia, sino también a otras organizaciones. Formamos una coalición durante algunas semanas con el Movimiento de Paz sueco y Amnistía Internacional. También a lo interno de los partidos social demócrata y verde hubo discusiones, porque la decisión podía incidir en la pérdida de empleos.

¿Qué decisión tomó el Gobierno sueco?

– No renovó el contrato. Hubiera sido una postura contradictoria con lo que pretende impulsar. La sociedad civil de nuestro país es muy fuerte, y por eso podemos presentar en forma articulada nuestros reclamos. Organizaciones como la nuestra, la Cruz Roja, Save the Children, los sindicatos y las iglesias hacemos lo posible por colaborar entre nosotros, dependiendo del tema que se discute, y presentar posturas firmes, conjuntas y despolitizadas.

Regresando al plano local, el gobierno pidió ampliar el mandato a la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala. ¿Cómo evalúa esta decisión?

– Le doy la bienvenida a este tipo de iniciativas. Es válido ser crítico de Naciones Unidas. La entidad tiene debilidades y no ha podido intervenir con eficacia en Medio Oriente, Siria o Yemen. No tiene suficiente poder en ciertas ocasiones. Pero es lo único que tenemos. Hay que apoyar al sistema y hacerlo más fuerte. La CICIG tiene un mandato muy especial, y lo que hemos visto en las últimas semanas es que está dando sus frutos. Es curioso que las mismas personas que nos tildan de comunistas, lo cual es estúpido, sean las que consideren a la CICIG su enemiga. Dicha entidad está para ayudar a Guatemala. Nosotros también.

Por Beatriz Colmenares Beatriz@labmedios.com

http://www.elperiodico.com.gt/es/20150503/domingo/11983/%E2%80%9CNo-es-comunismo–trabajar-para-que-todos-los-individuos-sean-tratados-igual–en-esta-sociedad%E2%80%9D.htm

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