Sepur Zarco necesita a Guatemala

David Santa Cruz, Plaza Publica
Ensayo
28 02 16

El veredicto del caso de Sepur Zarco, donde se enjuicia violencia sexual y crímenes contra la humanidad es histórico. Depende ahora de la sociedad y del sistema judicial que se mantenga como un triunfo que devuelva la dignidad a las víctimas y a un país entero.

En las guerras se viola por los mismos motivos que en las épocas de paz. Pretender que el caso de Sepur Zarco —donde más de 20 mujeres fueron violadas y esclavizadas por miembros del Ejército— es una conducta normal en tiempos de guerra, también normaliza la violencia sexual en el resto de los contextos. Pero no sólo eso, hay un agravante étnico: dichas mujeres son de origen q’eqchi’, lo que indica una doble o triple discriminación y por tanto normalización. En el caso de quedar impune, el mensaje es: en Guatemala si eres mujer, provienes de una etnia y eres pobre puedes ser violada y esclavizada por cualquiera y está bien, no pasa nada.

Las consecuencias de la violencia en las mujeres no son daños colaterales de un conflicto armado. Si no impactos que necesitan escucharse y exigen un reconocimiento. Son memorias fragmentadas que pasan por el cuerpo y la vida de las mujeres, son parte de la historia colectiva, de una verdad social que requiere ser compartida. En este caso, se ha cerrado durante años aquello que Steve Stern llama “la Caja de Memoria”: una comunidad (puede ser un país entero) decide silenciar aquello que cree que no tiene solución, que incita al conflicto, pero sobre todo que puede ser peligroso, quien piensa esto —y parece ser la propuesta de quienes se han opuesto al proceso judicial y piden normalizar lo sucedido en Alta Verapaz e Izabal— cree que con ello se procede a la reconciliación y la tranquilidad.

Esto es mentira, quien es obligado a olvidar llenará esa memoria de significados. Así, nada queda totalmente silenciado si no que se mantiene en la memoria colectiva, los recuerdos, la tragedia, va pasando de una generación a otra y van llenando los espacios vacíos de la historia oficial. Así sucedió a lo largo del siglo XX con las torturas de militares a guerrilleros en Argentina; con los disidentes de la dictadura chilena; con las mujeres de Confort en Corea; con la violencia de paramilitares, militares y guerrilleros en Colombia; con la masacres estudiantiles de México y China, y Ruanda y Yugoslavia, y un largo repertorio de violencias.

En ese sentido la importancia y valor de las 11 mujeres que hoy denuncian radica en abrir la caja de la memoria. La memoria histórica —como proceso y documento— puede ser un campo donde se diga aquello que el derecho no puede decir, sometido por la fuerza de las leyes que en muchas casos fueron diseñadas dentro del mismo marco ideológico en el que se realizaron las agresiones.

Cuando se hace memoria se trata de rescatar la humanidad. Para esas mujeres ofrecer su testimonio significó recuperar un pasado suprimido y, en el proceso, será el inicio para recuperar su dignidad. En este espacio que se está viviendo en Guatemala es donde se rehace la historia, el discurso oral confronta desde abajo a la historia escrita desde arriba. Así se construye una historia alternativa a la historia dominante, mientras quienes narran desafían el marco interpretativo desde el cual la historia se venía escribiendo.

En contraparte la naturalización del hecho revictimiza a estas mujeres e impide los reclamos de justicia, ellas mismas se reprimieron, avergonzadas, pues como señala Bourdieu los dominados utilizan los esquemas producto de la dominación a la que están sujetos. Sus actos y su conocimiento de sí mismos son de manera inevitable actos de sumisión, sin embargo siempre existe un espacio para la resistencia.

La violencia sexual no es un daño colateral

Durante años, Elisabeth Jean Wood ha estudiado con seriedad el tema, su conclusión es que la violación no es inevitable en una guerra. Dicha “evitabilidad” va de la mano del entrenamiento recibido por los combatientes y la fortaleza en las estructuras de mando.

La violencia sexual varía de un conflicto armado a otro en cuanto a frecuencia, intensidad y patrones (individual, grupal, con fines de exterminio/propagación étnica, esclavitud sexual y hasta matrimonio forzado). En algunos casos la violencia sexual no tiene lugar de manera sistemática, con lo que se pretende señalar que dicho tipo de agresión es evitable. La distinción —y es algo que se debe considerar en el juicio de Sepur Zarco— radica en los liderazgos: algunos avalan la violencia sexual como una forma efectiva de terror o de castigo en contra del grupo al que consideran su enemigo; mientras que otros, no solo no la avalan, sino que la castigan. Así pues, los patrones de violencia también dependen de si los grupos armados brindan incentivos que promuevan la violencia sexual o sanciones que la prohíban. Los ejércitos —regulares o no— son estructuras jerárquicas que dependen de un mando vertical estricto, los actos sistemáticos, por ende, son responsabilidad de los mandos, no así los aislados e individuales: siempre y cuando se les castigue.

De hecho el Estatuto de Roma señala que lo sistémico no es la violencia sexual sino el ataque.

Se debe entender la violencia sexual como parte de un repertorio de violencias, de los que echa mano una organización. Cuando se agrede de manera sistemática y premeditada se busca en muchos casos arraigar la idea del papel de la mujer en la sociedad o bien en desarticular el tejido social. Ese mismo sistema opera en la violencia sexual en tiempos de paz: decir que una mujer fue violada por vestir de manera provocativa es un ejemplo; que no sea seguro para ellas salir después de cierta hora o asistir a ciertos lugares; que el marido o pareja obligue a su cónyuge a tener sexo en contra de su voluntad: todos estos ejemplos han sido naturalizados por siglos y se convierten en una burka invisible, mucho más violenta que la prenda islámica, que busca defender a los mujeres de los instintos salvajes e irrefrenables del macho.

 

En el caso de Sepur Zarco se evidencian ambas motivaciones, según podemos ver el en reportaje de Oswaldo J. Hernández en Plaza Pública: cuando narra que una de las mujeres dice: “Fue allí, en ese lugar, donde los soldados rompieron mi matrimonio”, queda en evidencia el objetivo de desarticular el tejido social, máxime cuando nos enteramos que los esposos de las más 20 mujeres esclavizadas fueron desaparecidos, porque si existe un acto desintegrador del tejido social es precisamente la desaparición forzada.

Para comprobar el otro supuesto, el de arraigar el papel de la mujer en la sociedad basta leer el siguiente párrafo del mismo reportaje: Las más de 20 mujeres “[…] irían a padecer abusos sexuales durante seis meses por los soldados. Seis meses como esclavas sexuales. Seis meses con turnos cada tres días. Medio año en el que cocinarían, lavarían los uniformes militares, tendrían hemorragias, abortos, y serían inyectadas y obligadas a tomar medicamentos para evitar embarazos de la tropa”. ¿Cuántas mujeres en tiempos de paz, no son obligadas cotidianamente a lo mismo en todo el mundo: por sus padres, hermanos, maridos, jefes y demás varones que las rodean? Lo vivido en Sepur Zarco es la exacerbación de la opresión de toda una sociedad en contra de las mujeres.

La diferencia pues con los tiempos de paz es que en los conflictos armados las mujeres son involucradas en actividades que refuerzan la tradicional división sexual del trabajo, pero en un escenario de guerra y mafia, porque en lo general y en este caso en particular, las fuerzas armadas actúan de manera mafiosa al abusar de su autoridad.

Es importante hacer justicia en éste caso pues la violencia sexual deja en quienes la sufren los efectos intencionales del terror y del duelo. La vida de las víctimas queda atada a un pasado de experiencias traumáticas que quiebran el sentido de continuidad de su existencia, en el intento de querer dejar atrás el dolor y no poder olvidar. Lo menos que se les debe a las víctimas es la oportunidad de activar la memoria como un camino entre el recuerdo del dolor y la dignidad de los que ya no están.

Es por ello que debemos insistir en que no existe un modelo unívoco entre guerra, género y violencia sexual. Si se generaliza que en todos los conflictos se viola, no se explica un fenómeno, sino que se busca evidencia para justificar la realidad. Y la realidad es que la violencia sexual y la violación son un delito.

¿Cómo ayudar a las mujeres de Sepur Zarco?

Hoy día las víctimas de Sepur Zarco necesitan el apoyo de Guatemala, del pueblo guatemalteco y de sus instituciones para que se sostenga el veredicto dictado por los jueces Patricia Bustamante, Yassmín Barrios, y Gerbi Sical. Con esto se evitará que el miedo a la violencia los intimide a tal grado que congele su capacidad crítica y la torne en apatía, en una especie de aversión activa del conocimiento político. De hacerlo, de seguir negando lo sucedido, de permitir que el veredicto se caiga, permanecerá lo que Stern denomina un nudo de la memoria, esto es una interrupción de los flujos normales del pensamiento en el cuerpo social, en este caso producto de un tema tabú (la violación y el enfrentar al Ejército como institución), que aunque no se hable de él pasa de una generación a otra y su silencio significa que algo terrible sucedió.

El mismo Stern asegura que: “Los nudos de la memoria son sitios en la sociedad, espacio y tiempo, tan molestos, insistentes o conflictivos que movilizan a los seres humanos, por lo menos de manera temporal, más allá del homo habitus postulado por el antropólogo Pierre Bourdieu. Dicho coloquialmente, “los nudos en la memoria son sitios donde el cuerpo social grita”. Esa movilización ya se inició con la denuncia por parte de 15 de las víctimas y por la activación de los grupos de opinión.

Es necesario que la sociedad cambie el paradigma de “la vergüenza de la víctima” al “delito del violador”, porque ello ayudará a darle justicia, no sólo a las denunciantes, sino a todas las víctimas de abuso sexual y en el largo plazo reducirá la incidencia de este delito. Siguiendo los estudios que realizó Stern sobre el caso de la represión en Chile durante la dictadura de Pinochet, para que un nudo pueda desatarse y volverse culturalmente influyente, la memoria emblemática disidente debe, de alguna manera, irrumpir con éxito en la elaboración y circulación en espacios más o menos públicos.

Así desde los espacios del testimonio se debe rehacer la historia, ello ayudará a generar una conciencia movilizadora, que le exija al gobierno algo más allá de la reparación económica, que por alta que sea será insuficiente para recomponer un proyecto de vida truncado. Se debe plantear la importancia de la verdad y el reconocimiento del dolor y la atrocidad, pero sobre todo de la condición de seres humanos de las víctimas. Decir que es un daño colateral de la guerra, se los niega.

Ahora bien existen procesos que le aportan credibilidad e influencia a un proceso como el que inició este año y que les permitirá encontrar un eco auténtico en la sociedad y la cultura. Para ello Stern señala seis criterios que influyen en la capacidad para convencer y que considero pueden ser replicados en éste proceso:

Historicidad. Las memorias emblemáticas ganan influencia cuando se refieren a un momento o tiempo de gran ruptura. Hoy Guatemala está en la mira del mundo, por ejemplo, gracias al juicio contra los presuntos integrantes de La Línea que llevó a juzgar a un presidente en funciones; así como en el juicio por genocidio en contra de Efraín Ríos Montt.
Autenticidad. Las memorias cuyo significado principal capturan una verdad emblemática, son más convincentes cuando aluden a experiencias concretas y reales o a hechos difíciles vinculados a dichas experiencias. En este sentido la aparición de más víctimas que se atrevan a dar su testimonio sobre éste u otros casos similares será de gran ayuda. Así como la de testigos de los hechos.
Capacidad y flexibilidad. Entre más amplio sea el marco de referencia , será más efectiva la construcción de una memoria emblemática. Cuanta más gente de diversos espacios sociales y entornos culturales se sientan identificadas con las experiencias narradas, será más fácil construir un colectivo imaginario que parezca que también comparte la experiencia real. Aquí serán de gran influencia los familiares de las víctimas y las organizaciones sociales para que hagan suya la afrenta.
Proyección dentro de los espacios públicos y semipúblicos. Cuando el recuerdo es confinado a espacios muy pequeños es difícil que logre construir puentes entre la memoria personal perdida y la memoria emblemática. Por eso es importante el papel de los medios de comunicación y de la academia. Son importantes también los estudios y la escritura de memorias, así como los espacios físicos y memoriales que se construyen para dejar constancia de lo ocurrido.
Encarnar un referente social convincente. Un referente social, al tiempo que concreto y simbólico, no sólo provee una personificación viva del recuerdo emblemático. Como una extensión, el referente social provoca respeto cultural y simpatía, en este caso las víctimas que han iniciado la lucha invitan a la gente a identificarse con el símbolo humano que representan, o por lo menos garantizan cierta autenticidad y legitimidad al recuerdo encarnado en su presencia, así sea con los rostros cubiertos todavía por la vergüenza y el miedo. Si la sociedad guatemalteca y las instituciones logran que ellas puedan mostrar sus rostros con dignidad y libres de miedo se habrá ganado.
Portavoces eficaces. Las voces humanas deciden qué pasajes de lo sucedido usar y organizar para compartir las experiencias recordadas y verdades, para proyectarlas dentro del dominio que va más allá de los círculos personales de mutua confianza e insistir en ellos, incluso con aquellos que no están dispuestos a escuchar.
Los dos últimos puntos son vitales para el proceso, sin los actores humanos que hacen, interpretan e insisten en una u otra forma de remembranza colectiva, ninguno de los otros elementos mencionados podrían suceder verdaderamente. Su permanencia en el proceso debe ser acompañada por la sociedad en su conjunto. Así como acudieron a las plazas a gritar contra la impunidad y se movieron a las urnas en rechazo de una clase política que repudiaban, la sociedad guatemalteca podría demostrar nuevamente su poder al respaldar la sentencia que les devuelve a estas valientes mujeres la condición de seres humanos que han intentado arrebatarles durante décadas, no sólo sus agresores sino la sociedad y el sistema político.

El Ministerio Público y unos jueces ya hicieron su trabajo, le toca a la sociedad darle seguimiento a un juicio que apenas está empezando: primero para que no se dé marcha atrás a la sentencia; segundo para que se enjuicie al resto de los perpetradores en este caso y finalmente para sacar a la luz y resolver otros casos similares tanto en tiempos de guerra, como en tiempos de paz.

***

Conceptos básicos

Aquí una recopilación de conceptos básicos para entender el contexto del juicio por el caso de Sepur Zarco.

Violencia de género: En esta categoría se incluye la violencia que ocurre debido al género de la víctima, sin que sea un requisito que exista contacto sexual. Y que en la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer se amplía al considerar: violencia contra la mujer cualquier acción o conducta, basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado.

Violencia sexual: Ataque a la intimidad que muestra de forma descarnada el control del cuerpo como objetivo del poder. No sólo en el contexto del conflicto armado, sino en el ámbito privado de una violencia que tiene también una dimensión política y que el feminismo ha señalado como un continuum de violencias contra las mujeres.

Violación: la penetración del ano o la vagina con cualquier objeto o parte del cuerpo o de cualquier parte del cuerpo de la víctima o del cuerpo del autor con un órgano sexual, por fuerza o por amenaza de fuerza o de coacción, o tomando ventaja de un ambiente de coacción, o contra una persona incapaz de dar su genuino consentimiento (ICC 2000, Artículo 8).

Violación sexual en el conflicto armado: Como una acción que se realiza dentro de la esfera pública como extensión de la violencia ejercida en el ámbito privado y en tiempos de paz donde el ejercicio del poder se exacerba y el poder violento se estructura dentro de las ideas del privilegio masculino, aunado a inequidades étnicas, generacionales y de clase de las mujeres. También se busca salir de la concepción tradicional de su uso con sólo objetivo –arma de guerra– y dimensión –lujuria– para entenderlo como una acción multipropósito, como puede ser humillar a una comunidad, usar a la mujer como botín de guerra, como un acto de terrorismo o con fines de propagación/exterminio étnico.

Virilidad militar: Como una idea de superioridad sexual que tiende a feminizar al enemigo a través de la violencia sexual. Si son mujeres a violentarlas y torturarla a través de sus genitales o de su identidad femenina; si son hombres a reducirlos a una condición “pasiva” de anulación genital (aplicar las picanas en los testículos) y a la violación anal, no como un acto homosexual de parte del violador sino como un acto de dominación del “macho” y humillación hacia el otro ahora convertido en mujer.

Seguridad Nacional: la preservación del territorio y la conservación y mantenimiento de sus instituciones, operacionalizada mediante el fortalecimiento de las instituciones del Estado, especialmente de aquellas encargadas del control público.

Seguridad Humana: Aquella situación en que una persona se encuentra libre de miedo, libre de necesidades y en libertad de decidir por sí misma. Para alcanzarla es necesario vivir libre de amenazas y de peligro así como sentirse empoderada/o (Comisión de Seguridad Humana, 2003). A esta definición el movimiento feminista le incluyó de forma explícita los derechos de la mujeres y el abordaje de las violencias.

Seguridad humana génerosensitiva: Entendida como una seguridad que garantiza a las mujeres una vida libre de violencia y sin miedo en los espacios públicos y privados, que además contemple la seguridad económica, alimentaria, de salud, del medio ambiente, personal, comunitaria y política.

*Las anteriores definiciones fueron tomadas y mezcladas de diversos estudios, por espacio sólo mencionaremos a las autoras: Maria Emma Wills, Alexandra Quintero, Elisabeth Jean Wood, Camila Medina Arbeláez, Elizabeth Jelin, Julissa Mantilla, Nadia López, Cecilia Barraza y Piedad Caicedo.

**David Santa Cruz. Es colaborador regular en Forbes México y BastiónDigital.com de Argentina, país donde cursó la maestría en Estudios Internacionales en la UTDT. Ha publicado en más de 20 medios de comunicación de igual número de países. Su especialidad es América Latina.

https://www.plazapublica.com.gt/content/sepur-zarco-necesita-guatemala

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