Sepur Zarco y las masculinidades: una responsabilidad de desmilitarización en el territorio-cuerpo

8 marzo 2016, Centro de medios independientes

“Desmilitarizar quiere decir también cuestionar profundamente sus otras cómplices: formaciones masculinas que cada hombre suponemos inadmisibles, seguir aportando pequeños y grandes hilos-ideas para el tejido y continuar desarmando el modelo patriarcal.”

Por Byron Chivalán

Foto: Ingrid Fadnes

Los recientes casos de juicio a militares relacionados y procesados por genocidio, desaparición forzada, tortura, esclavitud doméstica y sexual contra indígenas, mestizos, mujeres y niños; destapan prácticas, discursos e ideologías propias de una masculinidad dominante y toda una mentalidad de la institución militar, indignantes; una suerte de costra-social ineludiblemente rascable. No es extraño entonces reconocer la realidad actual de la re-militarización en la sociedad guatemalteca, cuyo proceso ha venido fraguándose en los distintos espacios donde se consolidan las relaciones sociales, así como asentando bases parásitas en el Estado.

En los estudios de las masculinidades, se muestra con cierta preocupación modelos hegemónicos de masculinidad que varían según contexto. Guatemala, su consabida historia reciente de treinta y seis años de guerra (contrainsurgente) interna y su actual proceso de postguerra, denotan consecuencias sociales, psicológicas y culturales y la institución castrense ha tenido en la historia y en la realidad de los pueblos un peso fundamental, mostrando un modelo de masculinidad militar acusada de violadores.

El reclutamiento forzado al ejército durante la guerra, la creación de las Patrullas de Autodefensa Civil –PAC-, creación de bases miliares en el país, son realidades que han tenido implicaciones históricas y actuales en el imaginario y tejido social guatemalteco con un mayor corolario en las formaciones de identidades masculinas basadas en la violencia, el poder, la autoridad, la dominación, el prestigio, el privilegio, la comodidad, etc.

Pese a tal realidad, los hechos de violaciones y esclavitud sexual que admirablemente se exponen en el caso Sepur Zarco, puede evidenciar un momento de inflexión en las formaciones identitarias de las masculinidades dominantes y las instituciones encargadas de ello, para repensar y sopesar aquellas consecuencias deshumanizadoras que hoy son a su vez un reflejo a la sociedad guatemalteca, sin lugar a dudas, de la monumental resistencia y organización de las mujeres.

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El caso

Han pasado poco más de tres lustros en los que organizaciones sociales conformadas en su mayoría por familiares víctimas de los planes contrainsurgentes y de la doctrina de seguridad nacional implementada por el ejército de Guatemala durante los años ochenta llevaron en juicio crímenes de lesa humanidad. Se dictaron sentencias que posibilitan entretejer nuevamente el tejido social guatemalteco, escamoteado por la mentalidad de la guerra depositada en la fuerza, autoritarismo y dominación militar en contubernio con la oligarquía neo-conservadora del país y el estado.

En el año 2013, se dictaminó culpabilidad y sentencia por el delito de genocidio al ex-dictador J. E. Ríos Mont (Sentencia por genocidio y delitos contra los deberes de humanidad contra el pueblo maya ixil, 2013) y a partir de entonces una serie de esfuerzos continúan por llevar a juicio a otros exmilitares implicados en delitos contra los deberes de la humanidad durante la guerra que desataron en el país, pese a considerar lo dijo una mujer Q’eqchi’, luego del dictamen, “la justicia, es cara”; la inapelable reparación ya inició y no se olvida.

La Comisión de Esclarecimiento Histórico documenta un total de víctimas de 42,275 personas, donde fueron 23,671 ejecuciones arbitrarias y 6,159 víctimas de desaparición forzada y se registran datos de 9,411 mujeres víctimas con identificación de violación por sexo.

El 31% de las víctimas de ejecución extrajudicial fueron antes violadas sexualmente, torturadas o amenazadas y el 35% de las víctimas de violación sexual fueron ejecutadas posteriormente (-CEH-, 1999). Sumando a ello, los testimonios del ‘Proyecto Interdiocesano Recuperación de la Memoria Histórica’ –REMHI- del Informe Guatemala, Nunca Más, muestran 152 víctimas de violación sexual.

El REMHI, reconoció que:

a) La violación constituyó una demostración de poder como parte de la estrategia de terror que pretendía definir con claridad quien dominaba y quien debería subordinarse.
b) Una victoria sobre los oponentes, en función no solo de lo que representaban por sí mismas, sino en función de lo que representaban para los otros y como objetivo político para agredir a otros.
c) Una moneda de cambio, en algunos casos como única forma de sobrevivir ellas mismas o sus hijos.
d) Como botín de guerra, premio o compensación a los soldados por su participación en la guerra.
e) Como tortura sexual extrema.

No es sino hasta hace seis años aproximadamente que se inicia un nuevo proceso de justicia, donde mujeres y la organización ‘Alianza rompiendo el silencio y la impunidad’ marcan un hito histórico, pero sobre todo un ejemplo de denuncia contra la violencia sexual aposentada en las mentalidades masculinas dominantes y las instituciones castrenses. El testimonio y caso de quince mujeres Q’eqchi’es de Sepur Zarco, expresan lo acontecido a las miles de mujeres víctimas de violencia sexual durante la guerra, una condena a militares por demás inacabada y toda una práctica y táctica de guerra propia de hombres militarizados.

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Militarización y masculinidades

La militarización del país ha sido un hecho estructural y político (-CEH-, 1999; 83), así como institucional e ideológico que en el país ha dejado una huella profunda en el territorio-cuerpo, cuyos efectos hoy se pueden sopesar a la luz del caso Sepur Zarco y el grito de la desmilitarización. El segundo capítulo del tomo II del REMHI, expone cómo solo la creación de las PAC fueron un objetivo para la militarización de la vida cotidiana en los pueblos. Como se puede constatar en el CEH, “dos objetivos centrales, que serán los primeros en abordar, como fueron la organización civil contra los movimientos guerrilleros y el control físico y psicológico sobre la población […] son uno de los ejemplos que ilustran la militarización a la que fue sometido el pueblo de Guatemala durante el enfrentamiento armado” (-CEH-, 1999, 468). Sin tomar en cuenta los centenares de casos de reclutamiento forzado y quienes voluntariamente quisieron incorporarse a ejército y a las PAC.

La vida militarizada y las PAC jugaron un papel determinante en el poder militar heredado de la guerra “que de diferentes maneras todavía se expresa en la actualidad”, como lo puede mostrar este ejemplo, en San Martín Jilotepeque (Gacía & Armira, 2011).

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No es extraño ni ajeno, entonces, lo que expresa ‘Tejidos que lleva el alma”:

“El sentimiento de identidad de grupo incluyó la exaltación de los valores viriles y machistas. Los integrantes tenían que probar al grupo que merecían ser parte de él y que esto les enorgullecía […]”. Por muchos años, el servicio militar ha tenido una función simbólica dentro de la sociedad, en donde los jóvenes pasan por un proceso de adquisición de la identidad masculina fortalecido por la mística de los uniformes. Estas ideas de masculinidad todavía son significativas para los ejércitos, ya que tener un rango militar provee de identidad conectada a las ideas de poder, control y dominio. Dichas ideas son igualmente importantes para la sociedad, que deposita en ellas la defensa a través de un cuerpo sólido integrado por grupos fuertes, valientes, viriles y capaces de defender a una nación” (Citado en: “Prevención de violencia contra las mujeres y el trabajo con hombres: una mirada de justicia transicional con enfoque de género basada en la Resolución 1325”. Texto inédito, por G. García)

Es decir, en la actualidad la dominación masculina expresada en los testimonios de las mujeres Q’eqchi’es, como la re-militarización de los pueblos, en el pensamiento de P. Bourdieu, pretende “…que el orden establecido, con sus relaciones de dominación, sus derechos y sus atropellos, sus privilegios y sus injusticias, se perpetúe, en definitiva, con tanta facilidad, dejando a una lado algunos incidentes históricos y las condiciones de existencia más intolerables puedan aparecer tan a menudo como aceptables por no decir naturales.” (Bourdieu, 1998).

Y en ese sentido, la masculinidad dominante “es una forma de dominación estructurada…una construcción sociohistórica que pasa desapercibida para la mirada del sentido común…” por lo tanto, “se encarna y opera en individuos concretos: son los hombres quienes cotidianamente asumen y reproducen las expectativas sociales cifradas en disposiciones que toman la forma de mandatos dominantes y que ellos asumen como aspiraciones individuales…” (Batres, Ortíz, & Chivalán, 2011). No se puede decir que haya un desconocimiento de las demandas históricas subyacentes al caso, cuyas formaciones masculinas provocan.

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Reflexiones

Y en ese matiz, la masculinidad militarizada, hoy fue juzgada y sentenciada, para que se expresen garantías de No Repetición. ¿Hasta dónde esa formación en la que profesan el resguardo de la paz, es cuestionable? Y que no siga extrañando ni colocando butacas de complicidad, las bases militares que continúan instalando en el país.

Yo no recuerdo que en mi casa me hayan querido meter a estudiar a una escuela militar o algo por el estilo. Pero mi papá siempre me pedía que lustrara impecablemente mis zapos negros (no botas) y que me fuera a cortar el pelo, talladito, pocas veces me acompaño; y que me parara como hombre. Hoy, trabajando con jóvenes, me entero que sus papás les insisten en “meterse a estudiar, o al hall o a la politécnica o los van a verguiar”.

Desmilitarizar quiere decir también, cuestionar profundamente sus otras cómplices formaciones masculinas que cada hombre suponemos inadmisibles y seguir aportando pequeños y grandes hilos-ideas para el tejido y seguir desarmando el modelo tácita.

Bibliografía

Batres, J., Ortíz, A., & Chivalán, B. (2011). Tensiones y respuestas del modelo dominante de la masculinidad en estudiantes de la USAC. Guatemala: Impresos GAD.
Bourdieu, P. (1998). La dominación masculina. París: Anagrama.
Comisión para el Esclarecimiento Histórico –CEH-. Guatemala, Memoria del Silencio. Guatemala: 1999.
Gacía, G., & Armira, E. (2011). San Martín Jilotepeque. Memoria, conflicto y reconciliación 1950-2008. Guatemala: Magna Terra.
Memoria, Verdad y Esperanza. (Versión popularizada del informe). Guatemala: Nunca Más. ODHAG, Guatemala; 2000.
Sentencia por genocidio y delitos contra los deberes de humanidad contra el pueblo maya ixil, C-01076-2011-00015 Of. 2°. (Tribunal Primero de Sentencia Penal, Narcoactividad y Delitos contra el Ambiente 10 de Mayo de 2013).
Tejidos que lleva el alma. Memorias de las mujeres mayas sobrevivientes de la violación sexual durante el conflicto armado. ECAP-UNAMG, Guatemala; 2011.

Sepur Zarco y las masculinidades: una responsabilidad de desmilitarización en el territorio-cuerpo

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